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Crónica

Un pie adentro y otro afuera

Enero de 2009. Treinta y cuatro mil argentinos veranean en Florianópolis. David Nalbandián carnavalea sus carnes junto a la comparsa Papelitos. Las jubilaciones mínimas se acercan a los ochocientos pesos y todavía se viaja con monedas.
Yo, acovachado en la cama marinera que comparto con mi hermana, hojeo una Rolling Stone. Me recupero con gordura de un tardío primer amor y me decido a cambiar la UBA por un terciario privado. Escribo cuentos.
No lo sé todavía, pero es el último año que voy a vivir en el departamento de mis padres y es el último mes que voy a cobrar el fondo de desempleo. Llego, sin saberlo, a lo que de ahí en más llamaré vida adulta: ese lugar del que ya no se puede volver.


Sin Internet y alejado ya de los amigos que supieron prestarme mis primeros discos, la música que escuchaba por aquella época salía de las sugerencias de mi profesor de guitarra, de las listas de difusión de las radios o de las recomendaciones de alguna revista. Pero para llegar a mis manos todo tenía que pasar por el filtro del Parque Rivadavia. Para discos originales no alcanzaba y el mercado del emepetrés no era tan ilimitado como lo fue después.
Hubo, en esos años, discos que quise escuchar y no pude.
Lo curioso es que, si bien olvidaba pronto las sugerencias de mi profesor o las canciones de la radio, he conservado durante años las recomendaciones editoriales: las fotitos del arte de tapa sobre el fondo blanco ribeteado de la Rolling Stone han permanecido en mí como memoria de la imposibilidad, como recuerdo invertido: como un evento mental que tiene asegurada su materialidad y aguarda el contexto propicio para pasar de lo evocado a lo acontecido.
Una de esas tapas era de un disco de El mató a un policía motorizado.


En programas de televisión, libros de ensayo y en su propia obra artística, John Berger se cansó de hablar del silencio como una condición que deben propiciar las obras de arte: en ese silencio el espectador podía oir la obra y oírse a sí mismo.
Immanuel Kant se preguntaba: si contemplo un objeto exquisito y no experimento ningún placer, ¿significa que el objeto es feo? Y se respondía largamente pero, en resumen, terminaba votando por la educación de la sensibilidad: no todos estamos preparados para acceder a bellezas sutiles mientras todos lo estamos para la belleza simple de una flor.


Noviembre de 2011. Es viernes. Un grupo de especialistas informa que los padres quieren ser demasiado amigos de sus hijos (y advierten: la horizontalidad nos llevará pronto a una crisis de autoridad). En el Uritorco, la cantidad de gente congregada supera su récord histórico: es once del once del once y nadie quiere perderse los efluvios mágicos de una fecha tan singular.
Yo, que ya vivo en Recoleta con Rodolfo Enrique, mi amigo escritor más perezoso que cínico, copio y pego canciones en un pendrive. Me arrepiento de haber publicado un libro de cuentos. Me dejo llevar por la ansiedad de prender mi primer fuego y por la adrenalina de hacer mi primer asado. Prendo un cigarrillo.
Los dos (nuevos) amigos que están por llegar traen sus propios pendrives: ponemos la música que escuchábamos cuando no nos conocíamos, como si excusáramos al Tiempo por no habernos presentado antes, como si ajustáramos cuentas.
Vivimos los últimos soplos de lo que algunos llaman adolescencia tardía.


En el departamento de Recoleta tuve, por primera vez, una pieza para mí solo. Una de las primeras cosas que compré fue un home theatre cinco punto uno que, junto con una buena conexión a internet, me permitieron con excesiva facilidad y confort convertir en hecho aquello que mi memoria visual se había resisitido a olvidar.
Estaba, entonces, el recuerdo de aquellas tapas de discos no escuchados, y estaban, ahora, las condiciones dadas para escucharlos y disfrutar del sabor del encuentro. Expectativas, prejuicios, intuiciones. En el caso de El mató, recuerdo una bastante inusual predisposicion para que me gustasen.
Pero sin embargo, nada: Día de los muertos no debió haberme durado más de dos tracks.


Desde muy chico fui expuesto a (y consciente de) la mitología que es necesario sostener para que un grupo de amigos funcione. Una serie de rituales y tradiciones que se traducen en concesiones individuales pero, sobre todo, en límites, en la demarcación corleoniana de un territorio: de acá para dentro sí; de acá para afuera no: suspender la exploración en procura de defender violentamente lo ya conquistado. Había que bajar la persiana del mundo demasiado pronto y dedicarse a repudiar todo lo que hiciera peligrar la estabilidad del grupo: los lugares a los que salir, las actividades, las películas, los discos y un etcétera tan triste que terminaba en las marcas: bebidas, zapatillas, cigarrillos… todo estaba limitado por las convicciones del grupo que, en realidad, no eran más que los tristes gustos del líder que, para mantener su lugar, precisamente, debía recortar, dejar en claro qué era aquello que no le interesaba, para que la crew no se confundiera.
No lo soporté. Deserté de todos los grupos a los que fui invitado: el precio que había que pagar por su compañía era demasiado alto.
La consecuencia que aquí importa es que mi relación con los conciertos llegó tarde, a los veintipico, cuando me decidí a ir solo. Y lejos de toda mitología recitalera, sin haber vivido la experiencia colectiva que muchos viven en un show, terminé por asistir a los conciertos, con un pie adentro y otro afuera.
Hasta ese entonces, yo había escuchado únicamente discos. No escuchaba conciertos ni trayectorias, que parecía ser lo que le importaba a mis amigos. Menospreciaba la experiencia física, presencial, y quería discos que se sostuvieran por sí mismos: no que hubiera que ir a avalarlos o justificarlos con la experiencia del concierto o con los discos anteriores de los artistas.
Me resultaban excluyentes las sonoridades limpias, las atmósferas claras. Me costaba muchísimo escuchar un disco cuyas condiciones de grabación no fueran óptimas y no comprendía que algunas suciedades podían ser voluntarias. No se me ocurría pensar que, por ejemplo, tanto el modo en que se graba un disco como su sonoridad, pueden ser una decisión estética. Ni tampoco que pudiera entenderse como síntoma de sus condiciones de producción, como declaración de principios o como postulación y defensa del lugar desde donde se produce.
Entonces: escuchaba mis discos con un pie adentro y otro afuera, experimentaba los conciertos con un pie adentro y otro afuera, y vivía la amistad con un pie adentro y otro afuera. Esa condición de exterioridad, de asistir a cualquier evento para observarlo desde la cornisa, sentó las bases no sólo de mi relación con la música y con la amistad, sino con el mundo, con la vida.


En nuestra época (¿en todas?) hasta la belleza más simple, la flor kantiana, nos pasa por al lado sin que podamos percibirla: pónles la gran música de los siglos y no la oyen, decía Bukowski.
Si hay que cuidar de algo, cuidemos el silencio bergeriano: ese fragmento de espacio-tiempo en el que nos hacemos vulnerables para que las cosas nos hablen y al hablarnos nos revelen.


Enero de 2013. Estás cambiando más que yo / asusta un poco verte así, suena en parlantes marplantenses mientras unas doscientas mil personas celebran el regreso de la Fragata Libertad. Tengo que mejorar en todo, le dice Messi a Clarín después de ganar su cuarto balón de oro.
Yo, sigo viviendo en Recoleta pero ahora tengo novia. Ya no escribo cuentos: siento que es momento de cambiar. No sé, todavía, que voy a empezar y abandonar dos novelas y que voy a ingresar en un período intenso, oscuro, muy manija, que se va a llevar casi cuatro años de mi vida.


Después de esas primeras reuniones en las que compartimos el soundtrack de nuestras vidas, con los nuevos amigos empezamos a generar nuestra propia biografía musical: un repertorio de canciones compartidas que se fue acumulando en una playlist colaborativa.
Sí, Spotify ya estaba entre nosotros.
Con Gustavo Adrián, nos fuimos encargado de nutrir esa playlist con novedades (que no necesariamente eran novedades, sino canciones que hasta el momento no hubiéramos compartido) y, sin planearlo, fuimos dejando que Gabriel Omar hiciera lo que mejor sabía hacer: asados.
Cierta noche los dos pusimos las playlist que habíamos preparado y hubo una coincidencia. Recuerdo cierto alivio también en su cara: como si mi letanía hubiera sido también la suya o como si la sincronía postergada hubiera sido triple. Sea como fuere: nos gustó, nos entró. Matcheamos.
Mujeres bellas y fuertes fue celebrada como gol de PlayStation.


Romina, mi (no hay palabra feliz: pareja es tan detestable como compañera así que mejor:) novia, me curó de la manija de usar exclusivamente zapatillas blancas. Y Gustavo Adrián, mi amigo músico, me curó de la de usar auriculares nuqueros para no aplastarme el jopo. Gracias a él descubrí la supresión de ruido y un mundo sonoro completamente nuevo se abrió ante mí.
A partir de la novedad auricular, mi relación con la música cambió en forma, por ahora, definitiva. Los discos que había escuchado toda mi vida sonaban, de pronto, distintos: descubrí cosas que nunca había percibido en canciones que había escuchado decenas de veces. La sensación capsular sumada a la espontaneidad visual (la ciudad entera como background y ya no la pared blanca de la pieza) abrieron un mundo de sensaciones que hicieron de la experiencia de escuchar música algo menos estático, algo más, al menos para mí, vivo.


Entonces, más que educar nuestra sensibilidad, tal vez necesitemos ocio, predisposición (del cuerpo, de la mente, del espíritu) para propiciar la contemplación de las cosas, para facilitar el acceso al silencio bergeriano.
La marihuana, digámosló, es un grito desesperado por llegar a ese silencio. Es, tal vez, una de las manifestaciones que van en contra de la educación de la sensibilidad kantiana: la necesidad de alcanzar el estado contemplativo sin merecerlo; de robárselo a la urgencia de la vida cotidiana, aun cuando no podamos propiciarlo.
¿O acaso el silencio del que habla Berger no se parece bastante al cuelgue del fumado que se pasa largos minutos observando un objeto cualesquiera, escuchándolo y escuchándose a sí mismo en su contemplación?


Diciembre de 2015. Mauricio Macri asume la presidencia. Familias de todas las provincias acampan alrededor de una cadena hotelera del Delta en la que se hospeda un grupo de exitosos youtubers. Se estrena Star Wars Episodio VII.
Yo, después de una breve temporada en Belgrano, ahora vivo en Urquiza y llevo más de dos años escribiendo y rescribiendo el mismo libro.


Se edita el EP Violencia, de cuatro tracks. Spotify y auriculares. Siento algo que no sentía hace mucho: ansiedad, expectativa. ¿Se acuerdan de cuando esperaban un libro, un disco o un recital: de lo que sentían en el instante anterior de darle play, leer el primer párrafo o mientras hacían la cola para entrar? Bueno, eso.
Con Gustavo Arián no tuvimos que decirnos demasiado. Violencia fue el track que eligió él para nuestro próximo asado; el mío fue El baile de la colina. La doble coincidencia dijo más de lo decible y no hizo falta que nadie convenza a nadie: la próxima vez que tocaran en la ciudad, iríamos a verlos.


Durante un breve período de tiempo que no cabe en esta crónica porque refiere a 2014, que no me entró en ningún subtítulo, fui una especie de manager ad honorem de la banda de Gustavo Adrián. Esto importa en un único sentido: durante esos meses (y los previos y posteriores también, pero sobre todo durante esos) los vi tocar muchas veces. Y muchas de esas veces vi tocar, también, a otras bandas. Bandas que yo nunca hubiera visto.
Habré ido a verlos unas veinte veces. En mejores y peores condiciones para tocar, con mejores o peores bandas invitadas. Días de semana a las tres de la mañana o fines de semana a las nueve de la noche. Frente a cincuenta personas o frente a cinco. Estando en buena forma o en mala. Sonando bien y tocando para el orto o tocando mejor que nunca pero sonando pésimo.
Entendí muchas cosas.


A medida que pasan los años, me voy inclinando por considerar que el hecho de que se produzca o no una comunicación entre artista y espectador, entre la obra y uno, depende más del contexto, del azar, del espacio y del tiempo (en sentido climático también, sí), y de factores emocionales y espirituales que de la obra en sí o del artista en cuestión. Percibo que la portabilidad es una enorme ventaja en una época en el que la comunicación depende tanto del contexto, de las condiciones que la rodean. Eso, y que la obra no se cierre en sí misma: que abra, que expanda, que invite a verterse dentro de ella en lugar de expulsarnos con exceso de consistencia.
Mujeres bellas y fuertes la escuché por primera vez a bordo de un interno de la línea setenta y uno, atravesando la Panamericana, en unos auriculares inalámbricos de la misma marca del home theatre cinco punto uno en el que gasté mucho dinero cuando joven y que ya no tengo porque no lo necesito.


¿Estaría, hoy, escribiendo esto si hubiera escuchado Mujeres bellas y fuertes en mi viejo home theatre en vez de en mis auriculares?
¿La hubiera llegado a escuchar si no existiera Spotify?
¿Si hubiera ido a más conciertos cuando joven, hubiera tenido el mismo juicio sobre Día de los muertos cuando, finalmente, pude escucharlo?
¿Si no hubiera ido a ver a la banda de Gujstavo Adrián tantas veces, hubiera tenido la misma experiencia que tuve cuando asistí a mi primer concierto de El mató a un policía motorizado?
Si tanto depende el juicio de la experiencia, ¿habrá que aprender a desconfiar de él y empezar a concebir al mundo como un show de acontecimientos con los que, tarde o temprano, se va a sincronizar, a matchear?
¿Y habrá que dejarle al azar, al paso del tiempo la responsabilidad de concretar o no esas sincronías?


Abril de 2016. Clímax del combate Taxistas vs. Uber. Chano Moreno Charpentier choca a un camión. Mueren cinco jóvenes en la fiesta Time Warp y estallan los créditos UVA. Las encuestas dicen que a fin de año ganará Hillary Clinton.
Yo, inauguro el tercer año de escribir y rescribir el mismo puto libro.
Y me aíslo más de lo debido.


Después de muchos años, esperé con ansias la fecha para mi primer concierto de Él mató a un policía motorizado. Lo que no pudieron años, intentos y rollingstones, lo pudo una única canción ubicada en el tiempo y en el espacio indicados.
El concierto superó mis expectativas, pero eso es lo de menos. Tampoco importa lo que yo piense sobre la experiencia a la que fui sometido. Lo importante es lo que, en mi condición de estar en la cornisa, de tener un pie adentro y otro afuera, pude presenciar.
La respuesta física del público fue una sorpresa: no se parecía en nada a lo que yo había imaginado. Me sorprendió la juventud de los asistentes, pero más me sorprendió sentir, sin compartirlo quizá, pero innegablemente sentir (bueno: tal vez eso ya sea compartirlo), que sucedía algo grande, poderoso. Me recuerdo pensando a la salida  algo parecido a esto: sincronizaron con el espíritu de quienes fueron jóvenes, incluso adolescentes, durante la década kirchnerista.
Algo, entre quienes habían crecido durante esos doce años y esta banda (su primer EP es de 2003), estaba pasando y para mí, por algún motivo, se hacía indiscutible, inabordable pero demasiado notorio como para ignorarlo.


Un pie adentro y otro afuera. En ese límite, en esa cornisa que separa, precisamente, un adentro de un afuera, existo. Es curioso que el lugar que padecí de joven se convierta en el lugar que deba defender en la adultez. Desconfío tanto de todo adentro y de todo afuera (ambos tienen motivos muy convenientes para corromper su mirada) que no me queda otra que rendirme al límite: asumir que, por más consecuencias negativas que pueda traerme, por infecundo que pueda resultarme, el límite es mi lugar y lo será siempre.
Un pie adentro y otro afuera. Si no estuviera en esa cornisa, hubiera mirado con sospecha, con sorna, incluso con incredulidad lo que estaba pasando en el Teatro Vorterix entre la banda liderada por Santiago Barrionuevo y su público: el puente se hubiera roto.
Un pie adentro y otro afuera. La metáfora sirve más que cualquier otra snobbeada para pensar tanto en las letras como de las estructuras musicales de Él Mató: las frases se repiten hasta que son sobrecargadas de sentido sin la necesidad de decir demasiado (parece que va a decir algo, pero no lo dice: el camino de sentido que parece comenzar queda ahí, a la deriva, interrumpido por su propia repetición, dejando un hueco más que generoso para que, si el espectador quiere, aparezca el silencio donde todo, incluso él mismo, puede ser dicho); las estructuras musicales suben, suben y suben hasta que, en lugar de  explotar -efecto al que nos tiene acostumbrados la música electrónica-, quedan suspendidas para, finalmente, bajar: a veces gradualmente, a veces de golpe; la puesta en escena, sencilla, favoreciendo la penumbra y la sombra con imágenes más abstractas que contundentes y juegos de luces sutiles pero efectivos…


Entre otros efectos que puede producir el arte, uno es que, si quiere, puede democratizar el acceso a ese instante ocioso, puede sustraerte y llevarte a ese silencio y no dejarte salir de él, hasta que escuches a la obra y te escuches a vos mismo.
Y eso es lo que pasa, si uno se deja, después de escuchar las primeras tres o cuatro canciones en un show (o de escuchar un par de veces seguidas cualquiera de los discos) de Él mató a un policía motorizado: la manera en que conciben la instancia comunicativa (sí, el arte es una instancia comunicativa: sólo que la obra no es el mensaje sino el canal) favorece el silencio bergeriano, necesario para que todo implote adentro del espectador.