Raptos de desconcierto y desazón

Una joven pareja: cigarrillos, café, amigos, cine, tertulias, comidas abundantes, el tiempo transformando lo vívido en una mera sucesión de rituales y, finalmente, trabajos part-time, dinero, deseos, cosas. Con las cosas, otro tiempo, otro espacio: la oquedad de una vida que pierde y recupera su sentido en la medida en que se quieren o se dejan de querer, precisamente, cosasEl deseo de una generación reducido a una serie de palabras y entre ellas, entre las palabras (o las cosas), espacios de tiempo vacío (es decir, sin cosas) en los que se producen lapsus, raptos de desconcierto y desazón que, como la serie no termina nunca, no llegan a ser más que eso: lapsus, raptos de desconcierto y desazón.

En «Las cosas: una historia de los años sesenta», no hay ese paternalismo con que suelen ilustrarnos los autores que construyen lo cotidiano y manifiesto como síntoma de lo latente y oculto; no hay un autor que trabaja personajes, diálogos y situaciones en las que, como decía Tarkovsky, termina imponiendo sus pensamientos al público en lugar de propiciar un respeto mutuo entre artista y espectador; tampoco hay acontecimiento ni, como diría Saer, reflexión confusa sobre sus sentidos posibles; no hay pasado ni memorias ni magdalenas que operen en (y a través de) la biografía de nadie, porque, en sentido estricto, lo que no hay es personaje.

«Las cosas» es una novela que cuenta aquello que no puede contar más que la literatura.

¿Y qué es eso que no puede contar más que la literatura? ¿Cuál es esa especificidad narrativa que habría que buscar (o adivinar) allá, lejos, cuando el cine no había cambiado para siempre no sólo el modo de contar sino también de ver y, sobre todo, de imaginar?

George Perec lo supo.

Habría que leerlo.

Las cosas
de George Perec
1965
154 páginas