Pantomima de clase

Después de un tiempo de sentir, de a ratos, un olor acre, tenue pero desagradable, mientras saco una bolsa de basura encuentro debajo del tacho el cuerpecito tieso de un gato. Es negro y del tamaño de la palma de mi mano, pero no es cachorro. Lleva, atada con hilo sisal fino, una bolsita de tela en la cabeza. De algún modo, su descomposición se mantiene inconclusa.
Le atribuyo al gato algo más que la causa del olor: descubro que se trata de un trabajo. Y aunque puedo no ser su destinatario original (me mudé hace menos de un mes), pienso que el trabajo seguramente esté ligado a la casa y, por extensión, ahora, a mí.
Me despierto con la sensación de haber entendido algo relevante, importantísimo, que sin embargo no puedo expresar.


Aemerican Crime Story representa crímenes reales de repercusión internacional y a partir de ellos compone ficciones.
La primera temporada, que está en Netflix, trabajó sobre el larguísimo y mediatizado juicio a O. J. Simpson -un niño negro y pobre que, a través del deporte primero, y del espectáculo y los negocios después, pudo dar el salto de clase y afianzarse en su upgrade hasta que una noche dobleasesinó a su esposa y a su amante.
Con Cuba Gooding Jr. en el rol de Simpson, Travolta como uno de sus abogados, David Shwimmer como un amigo íntimo de la familia y Sarah Paulson en la piel de Marcia Clarck, The people vs. O. J. Simpson hizo de la contundencia actoral su mayor atractivo.
La segunda temporada de American Crime Story no está en Netflix y si bien se llama El asesinato de Gianni Versace, de Versace tiene muy poco. El protagonista es en verdad su asesino: Andrew Cunanan, otro que logró el ascenso de clase. Pero distinto.


«Estaba mal la selección. Jugaba bien, pero había unas cosas hechas por la que no podían hacer goles: fui, destrabé eso y listo», expresó en diálogo con Télam el brujo Manuel, que prefiere llamarse a sí mismo sanador, después de la clasificación argentina al mundial de Rusia.
En 2016, Mauricio pidió tres (3) limpiezas espirituales en la Casa Rosada, a causa de unos agudos dolores de cabeza que no se le iban con nada y que atribuía a la energía del ambiente.


Andrew Cunanan (Darren Criss) fue un asesino itinerante, lo que en ingles se llama spree killing: alguien que, a diferencia del serial, asesina en dos o más lugares en cortos intervalos de tiempo. Cunanan asesinó a sus cinco víctimas conocidas en tres meses de 1997, en cinco ciudades distintas.
Al parecer, fue criado por una madre que le leía la Biblia y le decía que estaba predestinado a ser superior (una madre que le prometió éxito; que le aseguró que lo merecía), y por un padre fabulador que se profugó a las Filipinas por malversación de fondos (un padre que, menoscabando información acerca de las vías por las que obtenía el dinero, lo convenció de que la potencia de los deseos y el esfuerzo para satisfacerlos es todo lo que se necesita para obtener lo que se merece).
Después de terminar la preparatoria con un coeficiente de 147 y de que la familia empezara a caérsele a pedazos, Cunanan no recibió nada de lo que le dijeron que merecía.
En la misma medida en que se empobrecía, empezó a frecuentar bares y discotecas gays hasta convertirse en un codiciado escort de la clientela madura. Durante años, sedujo hombres mayores, generalmente casados, a los que vivió para impresionar a sus amigos y conquistas más jóvenes: para pagarles cenas, fiestas, viajes… lo que fuera necesario para sostener su pantomima de clase.


La clase es el trabajo que una sociedad le hace a su excedente poblacional, una especie de purga natural de la que los humanos no parecemos ser directamente responsables: ¿quién decide dónde y cuándo nace alguien? ¿A quién, con nombre y apellido, puede culparse por el hecho de que alguien nazca en el seno de una familia acaudalada o en la pobreza más extrema?
La clase es una fatalidad, algo que se recibe, como el nombre, sin haberlo elegido. Y es, como la familia, lo que modela nuestros caracteres desde la mismísima infancia. La clase es, como los padres, un trabajo del que hay que ir librándose de a poco.
Para destrabar estas macumbas hay varios métodos probados que van desde el trabajo constante y el ahorro a destajo para tener algo propio, hasta el oportunismo ventajero del chanta, versión tercermundista del Self-Made Man con el que, sin embargo, comparte bastante: por ejemplo, la certeza de que el esfuerzo y el trabajo son el consuelo de los giles: un precio que no están dispuestos a pagar para existir. En el medio, la figura del emprendedor: una versión refinada del chanta, asimilada por la época: alguien que es capaz de establecerse en una actividad cualesquiera que, si la miramos de cerca, bien de cerca, resulta tan oportunista y chamuyera como la de cualquier vendedor de bagatelas del Once.
El trabajador, el emprendedor y el chanta: modelos masculinos prototípicos parar sostener una familia y soñar una corrida clasaearia.
Sin embargo, donde parece tener más posibilidades de concretarse una verdadera movilidad social, sigue siendo en las mismas orillas de siempre: las zonas legitimadas del deporte, el espectáculo y el arte; y en la tierra baldía del robo, el fraude, la impostura… el crimen.


De Versace (Edgar Ramírez), hay apenas unos cuantos -y breves- episodios sueltos, orientados a producir un mínimo y rudimentario relato biográfico, que parece compuesto para ejemplificar todo lo que el Cecil Taylor de Aira parodió: situaciones arbitrarias que funcionan a modo de escalón, como si la vida del diseñador hubiera sido un rotundo road to success, una serie de pasos necesarios cuyo único destino era el (merecido) éxito.
Eso, y un poco, apenas, de drama familiar: la relación de quince años -cajoneada en el closet- con Antonio D´Amico (un inesperado Ricky Martin que hasta se da el lujo de llorar); el vínculo pendular con Donatella, la hermana (una Penélope Cruz que logra un inglés oral embrutecido por el italiano que es un deleite); la enfermedad que no se nombra… y no mucho más.


Otra cosa en la que se parecen el emprendedor, el chanta y el Self-made man, es en la posesión de cierta, digamos, inteligencia: aquello que les permite ser conscientes del trabajo al que fueron sometidos: de que hay algo que escapa a su dominio que podría estar trabando la ruta que une el mérito con el éxito, y que demanda, por ende, un esfuerzo extraordinario (no basta con tener el mejor equipo de los últimos setenta años: también hay que limpiar la Rosada).
Un esfuerzo extraordinario que no todos están en condiciones de emprender.
Sin los estímulos adecuados, la (digamos) inteligencia necesaria para generar la consciencia de estar siendo trabajado puede no producirse nunca. Y sin las condiciones materiales necesarias, aunque existiera la (digamos) inteligencia, podría no estarse en condiciones de realizar ningún tipo de esfuerzo extraordinario para combatir aquello que nos traba.
En la pobreza se puede vivir toda una vida con un gatito muerto embolsado abajo del tacho de basura y no darse cuenta. Si no se es consciente de las limitaciones que impone la materialidad que a uno le es dada, puede caerse, por ejemplo, en el autoflagelo. Se puede terminar creyendo que no se es tan bueno como los demás, que la culpa de ciertos fracasos es de uno, simplemente, por no merecerlos. Y permanecer, para siempre, con la cabeza gacha y el rabo entre las piernas, sin que resulte posible, siquiera, desear.


Lo bueno de este género, llamémosle, basado en hechos reales, es que al tener una trama conocida, al saberse como terminan, todo el trabajo para mantener la atención del espectador recae sobre las interpretaciones, la composición de los personajes y los artificios narrativos. Y esa limitación parece estar traduciéndose en una saludable independencia respecto de los polos clásicos a los que suelen arribar las ficciones: el que confía en la trama y descuida el resto; o el que cree en la forma por encima del todo.
El Andrew Cunanan de Darren Criss, la estrella de la serie, es muchos a la vez:
alguien artificialmente sweetie, alguien ponzoñosamente irónico, una loca monologando con chongos desconocidos, un amigo fiel y considerado, un manipulador envilecido por el desprecio a sus pares, un meloso, un torturador, un irresistible conquistador de ancianos, un hombre culto, un mentiroso que queda en evidencia pero defiende la impostura hasta la vergüenza, alguien que viste su cuerpo con la misma seguridad que otros visten dinero, un drogón sin retorno entregado al último éxtasis…
Acumular todas esas facetas en un mismo personaje interpretado por un mismo actor sin que ninguna se vea disminuida durante toda la serie y sin que ninguna se destaque por sobre las demás (lo que hubiera conducido al espectador a la pereza de estereotipar) produce dos efectos: suspende el juicio e imposibilita la asimilación, sea cultural o individual, del personaje.


«…mientras se le pide a la escuela que promueva el mérito, fuera de ella predomina una escala de valores que privilegia mucho más las relaciones con el poder, la informalidad, la corrupción y el lobby como vías al éxito. ¿Se opone la meritocracia a la igualdad?», se preguntó Raquel San Martin en 2016 en La Nación.
«Para que la carrera abierta al talento sea justa, el punto de partida tiene que ser justo. La única opción meritocrática justa es la que iguala el terreno de juego» dijo, por su parte, Mariano Narodowski, profesor e investigador en la Universidad Torcuato Di Tella (UTDT).


American Crime Story II: El asesinato de Gianni Versace, no aporta nada nuevo, pero:

    • Es dinámica y entretenida.
    • Tiene nueve capítulos, empieza y termina, lo que la vuelve muy atractiva para ver entre semana.
    • Tiene dos actuaciones muy superiores a la media: lo papeles Penélope Cruz y Darren Criss valen la pena por sí mismos.

En el fondo, son dos historias opuestas de ascenso y descenso repentino en la escala social: la de Versace, el meritocrático diseñador que llegó y se mantuvo hasta que lo bajaron de dos tiros en la puerta de su casa; y la de Cunanan, un impostor que vivió la vida que quiso, fugazmente, y la pagó con la cordura.